Érase una vez… Un Príncipe, que esperaba tranquilamente  junto a sus amigos en la barra del restaurante al resto de sus invitados.

Pasados varios minutos, deciden pasar a la mesa. En plena hora punta y mientras yo estoy recibiendo amablemente a una joven pareja en la entrada de Thaï Garden, el distinguido y apuesto Príncipe intenta distraer mi atención con un toque en mi hombro izquierdo seguido de un “nos gustaría pasar a la mesa”.

Sin ni siquiera girar la cabeza compruebo la expresión de sorpresa de la pareja intentando decirme con signos y gestos que me ocupe primero del cliente que tenía detrás. En esa secuencia, respondo a medida que giro la cabeza con un gesto firme y duro, “Le importaría esperar que estoy…. ATEN…DIEN …(no termino la frase, solo alargo las sílabas desembocando en un incómodo silencio)”. 

S.A.R el Príncipe Felipe me mira sorprendido y asiente rápidamente disculpándose e instando a que me ocupe primero de aquella pareja. Vuelvo a girarme y la pareja insiste en que me ocupe primero de S.A.R. Confundido por no saber el correcto protocolo e intimidado por ese hombre tan alto, tan guapo y con unos preciosos ojos azules … como un auténtico Príncipe… ¡Que es lo que era en aquel momento! Pedí al primer camarero que cruzaba la escena que acompañase a la pareja a su mesa.

Recuperando mi compostura y con una naturalidad (absolutamente forzada), me volví ante Don Felipe diciéndole que personalmente les acompañaría a su mesa. Reconozco que me sentía tan incómodo y nervioso por lo ocurrido que hasta creo haberle hecho una reverencia antes de acompañarle… ¡Sonreí!  Eso sí lo recuerdo, como si fuera ayer…

 Majestad, aprovecho la ocasión para presentarle mis disculpas.  Le pido perdón ya que sólo después me enteré que por protocolo, debería haber sido Usted a quién debí haber acompañado en primer lugar. Ahora que lo sé lamento no haber vuelto a tener otra oportunidad de recibirle.  

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