Som Tam (la típica ensalada de papaya verde tailandesa) era el nombre de nuestra primera mascota.

No sólo formaba parte del decorado sino también de mi vida.  Som Tam era una cocker spaniel muy elegante y muy bien adiestrada.

También era conocida por su mala leche No te podías acercar mucho a ella porque… ¡Mordía!

Por aquel entonces, no era la única que lo hacía… También estaba Mercedes Milá y por supuesto, por cosas del destino, tenían que encontrarse.  Como en aquella época teníamos Los Jardines de Jorge Juan a nuestra disposición (estaba en el contrato de alquiler, aunque especificaba que sólo podíamos verlos, pero no pisarlos), decidí sacar a Som Tam de paseo por esos jardines que se encontraban en un estado muy triste …

Era a finales del 95. Nada que ver con lo que conocéis hoy en día… Esa tarde, desde las alturas, de repente escuché unos gritos absolutamente aterradores. El elevado tono de voz me impedía comprender lo que decían, pero intuí que era algo así como “SAQUEN a ese chucho de ahí… ¡NO es un lugar para pasear!” A continuación, gritos y mas gritos.

Al final una frase rotunda: “¡Sé quien eres!… ¡Bajo ahora mismo!” Minutos más tarde vi entrar por el paso de carruajes (en aquel momento, la entrada de Thai Garden de Jorge Juan 5) a una mujer, de fuertes andares, porte recio y muy decidida. Fue como ver a Juana de Arco en su armadura entrando en la ciudad de Orleans. Se detuvo con gran seguridad frente a mí. Me miró fijamente. Luego miró a Som Tam … También muy fijamente. Esperó unos segundos a que yo me pronunciase, probablemente esperando que dijera alguna frase de asombro al ver que se trataba de la mismísima Mercedes Milá.

Finalmente dije: “¡Buenas tardes!” Ella me observó perpleja al darse cuenta de que yo no tenía ni idea de quién era y en un tono muy normal (sonando casi hasta amable) se presentó y me informó de que era la presidenta de la comunidad. A continuación, me empezó a leer todos los derechos…

Aproveché la oportunidad para decirle que era una pena como tenían ese jardín y que estábamos dispuestos a financiar la mitad para sus mejoras. Mercedes sucumbió a mi ingenuidad (por no saber quién era ella) y a mi propuesta. Es extraño: Som Tam nunca la mordió… ¡Ni ella a mí! Desde entonces, entre nosotros sólo hay cariño y una gran amistad.

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